Atlacuihuayan/Tacubaya En tu nombre hallé mi destino

 

Por Bernardo Morales

Nací en 1981, bajo el antiquísimo signo del Tecpatl, en el antiguo Atlacuihuayan (hoy Tacubaya), pero de ello no fui consciente sino hasta diecinueve años después, en el otoño del año dos mil; durante una caminata a altas horas de la madrugada, cuando mis queridos hermanos Don Rogelio Ramírez Saldívar y el Dr. Rodolfo Martínez y Martínez, me hicieron mirar hacia lo alto de un viejo edificio,  sito en la esquina de la primera de las calles y la cerrada que llevan el nombre del  ilustre poeta y bibliófilo mexicano Don José María Vigil, en donde aún se adivina – bajo la infame pátina del olvido y el CO2- un modesto mural, fechado en el ya lejano 1989 y en el cual Octavio Palos Navarro y otros pintores plasmaron diversos pasajes de la historia de este sitio: desde el asentamiento de nuestros ancestros mexicanos, quienes le dieron el nombre, para que no se olvidara jamás que en este lomerío les fue dado el Átlatl, el arma sagrada de Nuestro Abuelo Ce Tecpatl Iztac Mixcoatl y de su hijo, Nuestro Padre Ce Acatl Topiltzin Quetzalcoatl; hasta la brutal ejecución de los Mártires de Tacubaya, perpetrada el 11 de abril de 1859 por el Gral. Leonardo Márquez Araujo y sus esbirros; pasando por la potestad inmemorial del maguey en esta zona, a pesar de la persecución de la que fue objeto durante la colonia por parte de los misioneros católicos; y la heroica resistencia que, en 1847 ante la funesta invasión norteamericana, ofrecieron los y las tacubayenses, en cuya memoria se erigió el obelisco que engalana el centro de nuestra Alameda.

Refiero aquel pasaje de mi historia personal porque del mismo devino mi interés por la preservación de la historia de este lugar, al que mis bisabuelos, de ambos lados de la familia, llegaron en los albores del siglo XX, para asentarse, del lado paterno, en el barrio de “El Chorrito”; y del lado materno, en la Bellavista, a la vera del Río Tacubaya, en una lomita en la que por obra y gracia de la Divina Providencia (como así llamaba mi bisabuelita Guille a un viejo monedero que cada catorcena se colmaba gracias al incansable trajinar de mi Mamá Anita y mi Papá Toño), se erigió la casa en la que hemos vivido cuatro generaciones. A dieciséis años distancia del inicio de esta aventura, puedo contarle a usted –amiga lectora, amigo lector-, que a través de la misma he ido descubriendo los rasgos de mi propia identidad, individual y colectiva, y aprendido a honrar y amar a los míos a través de dicha labor.

 

Por ello, cuando hablo de Atlacuihuayan/Tacubaya, como hoy se me permite en este espacio, hablo de aquellos que me han hecho amarla: mis bisabuelos, mis abuelos, mis padres, mis hermanos, mis tíos, mis primos, mis amigos; y entre líneas les digo, que los amo profundamente, porque ellos son el regalo más preciado que me ha dado este lugar sagrado…

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