MEZTLI

Por: Felipe Pliego Platas

A Meztli Iambic

Once de la noche. La oscuridad del paraje, solo era interrumpido por el brillo ocasional de las luciérnagas que salían de la cercana espesura del bosque. Los ladridos que se escuchaban a la distancia eran la muestra viva de que el paraje, hallábase solitario.

El murmullo de las aguas que corrían en el disminuido río, era acrecentado por el chapaleo ocasional de algún pez. La oscuridad del lugar, era impenetrable. En el cercano bosque, algún reptil que se deslizaba en busca de alimento, movía ligeramente la vegetación, haciendo lúgubre el entorno.

En el horizonte, una luz rojiza comenzó a aparecer. La frágil luz, fue abatiendo lentamente las sombras y las antes lúgubres siluetas fueron dando una belleza sinigual al entorno. El movimiento acompasado de las ramas de los árboles parecía formar parte de una sonata, en la que participaban los sonidos de los animales que recién despertaban con la aparición de esa humilde luz. El silencio dejó de reinar. Al unísono cientos de animales nocturnos comenzaron a emitir sus característicos sonidos. En medio de esta algarabía, la forma de una delicada mujer de piel blanquísima, apareció por una estrecha brecha. A su paso, los animales guardaban silencio por breves segundos. Sin el menor temor, la grácil figura se introdujo en el río. En la medida en que las aguas iban cubriendo su hermoso cuerpo, la delicada tela blanca que la cubría, se iba levantando hasta formar parte de la superficie del agua y un brillo inusual comenzó a iluminar el paisaje. La imagen, asemejaba la obra de un artista del surrealismo.

Ya despojada totalmente de su delicada indumentaria, la hermosa mujer comenzó a mojar su larga cabellera: haciendo cajetes con las manos recogía la cristalina agua y la llevaba a su abundante cabellera que al ser tocada por cada una de las gotas refulgía en un brillo plateresco extraordinario.

La acción, solo duró unos cuantos minutos. Poco a poco la mujer comenzó a emerger del agua. La prenda que minutos antes había cubierto su delicado cuerpo yacía quieto sobre la superficie del agua. Con ágil movimiento, la mujer se aprestó a cubrir su desnudez con aquella tela que, misteriosamente permanecía seca.

Con lento andar, fue saliendo del río y, dirigiéndose a la brecha por la que había aparecido, se fue distanciando del sitio que por unos minutos semejó, la mítica evocación del paraíso. En el horizonte, una impertinente nube, comenzó a cubrir el brillo de luz recién aparecida y poco a poco el lugar volvió a ser cubierto por un velo negro. Los sonidos que minutos antes entonaron el concierto musical de la naturaleza se fue difuminando de manera pausada, tal y como ocurre con el aroma de una flor que se cercena para adornar una mesa.

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